Emoción
I
En los lugares de trabajo se tejen marañas de relaciones muy complejas por culpa de las percepciones de sus miembros, sus vidas, los cruces con el ser interior, el ser negociador con el mundo y el propio exterior que a veces, el puzzle no es capaz de cerrar y muchas otras los protagonistas desarrollan resultados sorprendentes.
En aquella oficina resaltaba la cantidad de computadoras arcaicas. El sonido del teclear no podía llenar el ambiente. Pero las miradas que cruzaba él hacia su compañera le daban sentido al lugar, la situación y a este cuento.
Estaban solos. Él se peleaba con la madurez, Ella con su pasado. Ninguno de los dos entendía esos fantasmas, por lo que guardaban silencio mientras trabajaban. Lo mejor de ese trabajo era su rutina, pensaban con razón.
Los diferenciaban pocas cosas fundamentales. Ella se sentía cómoda con la organización, la sistematización, el orden, la memoria fotográfica. Es decir, quería el control. Pero no porque tuviera desarrollado un carácter autoritario (aunque intuyo que le atraía ese carácter). Era para no estar mal parada cada vez que se acerque el accidente, el golpe, la traición, el desengaño. Consecuencia de su pasado, entendía su compañero.
Él quería ser Peter Pan. Y si encontraba a Campanitas en el intento, mejor. Entendía la madurez como la muerte de ciertos valores propios de los que están por descubrir el mundo. Pero su conflicto es un poco más complejo (por lo menos así lo cree). Por un lado, no quiere crecer. Por otro, la conciencia de sentir el paso del tiempo, le obliga empezar su proyecto como persona, profesional y ciudadano, algo que hasta hace poco sentía lejano y con tiempo para resolver. El costo de entender esto era sentir miedo. Que no comenzara él mismo a escribir su historia. Que pase el tiempo sin más. Y que Ella no lo quisiera por inmaduro.
Un día, Ella no se sentía bien. Surgieron todos los problemas de la oficina a la vez, así que Él no atendió en lo más mínimo las señales de la incapacidad física que Ella sufría. No pudo observar que era originado por el estrés. Casi seguro que Ella no lo dejó mirar. Faltó por un tiempo y después, pidió el traslado.
Ella se fue sin pena ni gloria, Él se quedó sin nada.
Hasta aquí, la anécdota.
En Él se abrieron varios razonamientos íntimos y uno de los que más le atrajo fue este: no hay nada que se pueda hacer por otra persona si no existe la emoción mutua en esa relación.
II
Es decir, ¿en qué puede atender los reclamos de alguien que no quiere ser atendido? ¿Que conducta heroica puede entenderse como tal, si el pedido de ayuda no es expresado o lo que es peor, si se lo solicita por otra ventana que no es la nuestra? La respuesta es nada.
El complejo de emociones que una persona teje es lo que sostiene la capacidad de sentir. Filtra y pone en su lugar una variada cantidad de elementos, les da valor o se los quita, los entiende como buenos o malos, los prueba o los rechaza. Los busca para el amor, la amistad, el odio o vaya uno a saber que cosa.
Estas redes a veces se contienen, nace el amor. Las otras veces, es casi imposible hacer emocionar a esa persona, y el descubrimiento es desgarrador.
Simplemente paso por la red y no me recoge, caigo.
III
Una vez, Ella se apareció envuelta en impecable ternura. Su risa, viva, contundente, volvió a hacer eco en la misma oficina. Pero algo había cambiado. Él purgó sus penas conmigo, con el escritor. Y yo me enamoré de Ella. Ya no puedo negociar entre lo que me cuenta su interior y el mundo exterior.
Él busca placeres más mundanos, es el mismo Peter Pan hedonista de siempre. Pero me relata cosas teñidas con Ella. Y son hermosas, querido lector.



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