
Salgo de la redacción del semanario con un saludo general. Antes de salir de redacción, mi jefe irrumpe en la puerta de su despacho y me pregunta: ¡Javier! ¿Cuándo me vas a entregar la columna de hoy? Mirá que hoy cerramos y no sé nada de vos.
- Tranquilo, hoy a las siete te la mando por correo, ¿está bien?
- A las siete. Y cierra la puerta con el mismo ímpetu.
Ahora si, salgo raudo para el diario. Como siempre, la tarde del cierre es una locura en el semanario y mis llegadas tarde a mi otro empleo en El Jornal, son la norma de ese día. Otro saludo genérico a los compañeros del diario y me siento en mi escritorio, lleno de papeles, agendas, diarios, anotaciones. Prendo la computadora y el interno me empieza a sonar. Hola, soy Javier, ¿quién es?
-Lucía. Llamó Benedetti para confirmar la entrevista. Pero dice que se va hoy a Madrid porque Pluna le cambió el vuelo, así que te espera a las siete en el café de siempre.
-Dale, Lu. Gracias. Yo lo llamo en un rato.
Pero antes de llamar a Benedetti, tengo que avisarle a una fuente que se arrime al bar un rato antes y listo, dos pájaros de un tiro. Me pregunto si mi auto estará pronto. Llamo al mecánico.
- ¡Javier! ¿qué pasó?
- Todo bien. Decime, ¿cómo está el auto?
- Y… mirá. Tiene un problemita en la bajada de la cilindrada, que no deja trabajar bien a los pistones, porque quema aceite y prende de menos y al final, cuando llega al cuarto tiempo, los aros se dan vuelta y deja escapar algo de comburente. El problema no es el comburente, sino que cuando cae el gas al carburador, mezcla el aceite con el aire y todavía no me llegó la llave sueca que pedí para abrir la tapa del radiador, que es ahí donde está el nudo del problema. ¿Me entendiste?
- No, pero te quiero preguntar si me lo puedo llevar.
- Ah, me comprometés. Yo no puedo permitir que circule un auto en la calle sin las garantías de seguridad mínimas.
- ¿Y si te doy un adelanto hoy?
- No, ni en joda.
- Dale, te doy tres mil pesos y las entradas al cine que consigue Beatriz.
- No. Mirá, no sé.
- La plata, las entradas y el teléfono de mi amigo en Aduanas, así te apura lo de la llave sueca.
- Vos sabés como ganarme, che. Siempre me sacás algo, ¡je! Pasá hoy a las siete.
- A las seis, ¿puede ser?
- Me matás. Pero por un amigo lo hago.
- A las seis entonces, nos vemos.
Bueno, en tres horitas me voy a buscar el coche al taller del jodido este. Pero primero, me planifico el resto de la tarde. Saco una notita del cajón, una de esas crónicas atemporales que redacto cada tanto; si la dejo en condiciones y la paso al secretario de redacción, el tiempo me alcanza para preparar la entrevista con Benedetti.
Otra llamada. Esta es desde adentro del diario. Quién es, pregunto.
- Yo, venite a mi oficina ahora.
- Voy.
Me llamó el secretario de redacción. Cruzo por el pasillo y paso entre el grupete del hijo de “Don Corleone”. Hace dos meses que entró el hijo del editor y ya tiene alcahuetes, qué asco. Saludo a Lucía (su asistente) y entro al despacho del secretario.
¿Qué pasó, Galindez? Me pide silencio y hace un ademán para que me siente.
- Si, amor. No te preocupes, yo te consigo el calefón. Claro, si puedo pasar hoy por casa te aviso. No, ya te dije cómo son las cosas. Si, en eso estamos, en eso estamos. Pero, sabés que no es fácil con chicos de por medio. Claro que te extraño. Te llamo, no te prometo nada. Besito. No, cortá vos. No, yo no, vos. No, vos. Tontita, vos. No,… me cortó. Escuchame, Javier, ¿en qué mierda andás?
- ¿Qué?
- Eso, decime en qué mierda andás. No tengo tiempo para defenderte frente al consejo editor. Y ya son varias las cagadas que tengo que soportar de todos ustedes. Además, de arriba me pasan preguntando por el jodido éste que lo único que quiere es mi sillón. Necesito carne, ¡carne! Ahora, ¡ya!
- Bueno, en un rato te mando una nota sobre una cooperativa de mujeres que anda muy bien, vendieron sus… - No, no, no, me interrumpe. Eso no rinde. No tiene carne. No hay sustancia. ¿Qué venden, ojivas de bombas nucleares a Bin Laden? Por menos de eso, no me traigas nada de mujeres, que son todas iguales.
- Bueno, a las siete me encuentro con Mario Benedetti.
- No, Javier. Benedetti está más quemado que Gardel ¿Qué te pasó? ¿Qué pasó con aquel pendejo que se comía la primera plana? ¿Dónde quedó aquel fuego, hermano? Toma un trago largo de su café y su cara se arruga. Es que no le gusta con azúcar, ni tampoco cómo lo prepara Lucía. Cuando la taza apenas toca el escritorio, me dice: necesito algo para hoy. Antes de las siete escribime tres mil caracteres sobre esa fuente tuya en Aduanas. Quiero ver sangre antes de que me echen, que tengo un pique en canal 10 y si me sale bien, te llevo. ¿Okay?
- Okay. Me levanto y voy a mi escritorio. Pasaron treinta minutos y ahora tengo dos notas para escribir, dos fuentes para llamar, un auto que levantar y dos horas y media de plazo. Ah, y una promesa de laburo nuevo. Mientras, los alcahuetes de siempre festejan los chistes que el mimado nuevo le hace a Lucía.
Así que voy corriendo hacia mi escritorio. Saco una libreta, una carpeta con apuntes y recortes de periódicos y le grito a Lucía que me llevo una notebook del diario. Intenta decirme algo pero no alcanzo a escucharla, estoy apurado. Cruzo la puerta y me suena el celular. Es Beatriz.
-Hola, Javier.
-hola, Bea. Contame.
-Hoy salgo a las seis, ¿tomamos mate en la plaza?
-El día se complicó, Bea. Tengo varias cosas para hacer.
-¿Otra vez? Apenas empezamos y nos vimos más tiempo cuando éramos amigos que ahora. No me parece que estemos empezando muy bien, ¿no creés?
- Si, yo te entiendo. Te lo voy a compensar.
- Mirá, yo voy a estar a las siete en la plaza. Vos ves lo que tenés que hacer. Y me corta el celular. Otro drama más y ya es el tercero con ella. Siempre es por lo mismo, me hacen falta un par de horas más en el día. Pero ahora necesito encontrar a mi amigo en Aduanas. Si me concentro y me organizo todo va a salir bien.
Me tomo un taxi y le indico una dirección. Llamo a Walter por mi celular y le digo que voy a estar en el bar del judío. Le recuerdo que lleve a su amigo de Aduanas.
Llego antes y pido un capuchino. Bien largo, como me gustan. Una vez servido, me apresto a tomarlo y me llaman del celular, otra vez.
- Javier, soy Walter. Vamos a llegar un poquito tarde.
- Bueno, pero apurate si podés, ¿está bien?
- Si, manteca. Nos desocupamos y vamos. ¿Te parece?
- Dale. ¿Pero cuánto demorás?
- Y, no sé. Un rato. Vos esperame.
- Ok, abrazo.
Plantón. Abro el notebook y aprovecho el tiempo. Empiezo a redactar mi nota para el semanario. Tranquilo, porque ya van a llegar con esa información tan jugosa para mí. Pero nunca pensé que fueran a demorar una hora. Mientras juego con las llaves del auto, pienso que sería todo más fácil con mi coche arreglado. Los pasaba a buscar y listo. Pero no, no es el caso.
Por la ventana los veo llegar. Se baja Walter de su auto y a su lado, el que creo es la fuente que me indicará cuales son los políticos que están detrás de la organización del contrabando. Son simples punteros de una mafia mayor. Son tres años de trabajo. Yo necesito una carpeta, sólo una. Necesito ver la firma de un contador para cerrar la cadena. Y listo, pido mi licencia.
Me levanto para avisarles dónde estoy. Ellos cruzan la calle. Pero dos tipos de traje oscuro golpean a Walter y a mi contacto. Uno de ellos dispara un arma. Los mata. Yo, inmóvil. Gritos, corridas, golpes, descontrol. Yo, inmóvil. Total, esta todo perdido. En un arranque, corro a buscar la carpeta y cuando la levanto, busco mi eslabón en la cadena. El nombre que necesito, la firma del contador que me devolvería mi tiempo y mi licencia, no era la que yo buscaba.
Tiro la carpeta en el mostrador del bar. Levanto la vista y ahí está Jacobo, enjuagando los vasos en el lavabo viejo del bar, justo debajo del candelabro de siete puntas. Me mira por un espejo y me dice: qué cara, ¿eras amigo de los tipos estos? Algo así, le respondo. Me relató sobre todos los familiares que perdió. Todos. Mientras, yo estaba desconsolado.
El problema es que soy tan tacaño, que ahorré hasta para decirles que los quiero, me dice. Y como ves ahora, sigue, estoy solo. Me mira. Sos joven, Javier; que no te pase lo mismo, concluye. Me levanto con la carpeta y saco mis cosas de la mesa. Con todo el quilombo que se armó, se llenó el bar comentando sobre lo mismo.
A ese boliche no podía invitar a Benedetti. Así que lo llamo y le comunico que voy a su hotel, que me dé su dirección. Cuando me la pasa, me baja la presión, porque no puedo creer que eso esté en la otra punta de la ciudad. Llamo a un taxi y le indico el lugar. Mientras, escribo la nota para el semanario.
El taxi para con una luz roja y se suben dos tipos de traje oscuro. Cada uno a mi lado. Yo, inmóvil. El de la derecha abre su saco y me muestra su arma. El de la izquierda, toma la carpeta de un modo cuidadoso. La abre y me dice: estuviste cerca.
Se bajan y el tachero me grita ¡bajate, bajate ya! Me bajé lento y quedé en la mitad de la calle. Casi me atropella un ómnibus.
No importa, me lo tomo. Voy hasta el taller. Me llevo mi coche. ¿Qué?, pero no está pronto. Son las seis. No, falta. Son las seis, ¿dónde está mi auto? No está, hermano. Dame mi auto, no tengo tiempo para perder contigo, me lo das, no, dámelo, no está, me meto, no te metés nada, es mío, no, me calenté. Me parte la jeta. Sacámelo si podés, me dice.
Si lo denunciara a la Policía, me llevo el coche y a éste lo agarran para novia del Rambo.
Me para un policía frente al taller mecánico. ¿Usted es Javier?
- Sí, agente. Justamente quería…
- Queremos hablar con usted por el homicidio del inspector de Aduanas.
Listo, marché. A la comisaría. Me encontré con agentes buenos, leales e ignorantes. Así que demoré un buen rato para que me entiendan. Obviamente, les mostré en vano toda la información que tenía. Me soltaron apenas llamó el abogado del diario. Se portaron bien conmigo. Un poco por miedo, era periodista. Faltaban pocos minutos para las siete y el agente que me tomó los datos me dice: “bueno, ¿adónde quiere que lo arrimemos, amigo?
***
¡Javier!¿Qué te pasó?
- Nada, Beatriz. Tuve un día agitado.
- ¡Pero te golpearon, Javier! Tenés el ojo hinchado.
- Estoy bien ahora, dejá.
- Vení, sentate conmigo.
- Disculpame. Me angustia saber que todo lo que hago se me escapa de las manos. Es como si no pudiera contar con las fuerzas para dirigir mi vida.
- ¿Viste lo que hacés? Te matás por controlar tu vida y al final, hacés todo lo posible para que la controlen los demás. Javier, ese no es el camino, ¿entendés? No sos el dueño del mundo.
- Después veo a la gente que no hace un corno y es feliz. Yo espero que, al terminar todo, tenga la misma cara de idiota de esas personas. Pero siempre espero.
- Dejá eso, tomate un mate y dale que nos vamos a ponerle hielo a ese ojo.
Guardamos todo para irnos de la plaza y suena el celular. Lo tiro al pasto, me tiene podrido.
“Hola, ¿Javier? Soy Lucía. Echaron a Galíndez, dice que lo llames para hablar con él por lo del canal. Yo también me voy con él, acá está todo mal. Bueno, llamame o llamá a Galíndez. Mirá que hay buena plata, ¡eh! Jaja. Un beso.”