Reporte de daños / febrero 2008
Laboralmente, estoy bien.
Pero, desde hace unas dos semanas estoy prestando mis orejas, en vez de compartir mi corazón.
Para la Real Academia, prestar tiene ocho acepciones. La primera es la más obvia: prestar es entregar algo a alguien para que lo utilice un tiempo y después lo restituya o devuelva. La segunda, indica que prestar es ayudar, asistir o contribuir al logro de algo. La tercera acepción dice que prestar es dar o comunicar. La cuarta es de sentido inverso, similar pero con una postura activa: prestar es tener u observar.
La quinta, nos muestra que prestar es aprovechar, ser útil o conveniente para la consecución de un intento. La sexta me gusta, prestar es dar de sí, extendiéndose. La séptima también: prestar es ofrecerse, allanarse, avenirse a algo. Finalmente, la Real Academia dice que prestar es dar motivo u ocasión para algo.
En estas dos últimas semanas, entregué buena parte de mi atención, mi concentración. La dirigí hacia otra persona y me prometí que sería por un tiempo. Que además, no voy a obligar a la otra persona a que me lo restituya, porque tiene una tarea pesada. Me propuse contribuir a un diálogo entre nosotros y con ella misma de la manera más honesta y sana, asistiendo cuando le haga falta y ayudando desde mi lugar, que siempre será el más humilde. Por supuesto, en clave de dar y comunicar. Prestando atención, paciencia y silencio, con el objetivo puesto en serle útil en su intento, pero no en el mío. Con mucho de la sexta acepción de la palabra prestar. Ofreciéndome, aún si es sinónimo de sacrificarse.
Para esta institución, vieja como la esperanza, compartir tiene apenas dos acepciones. La primera es más que nada utilitaria, práctica u objetiva. Compartir es repartir, dividir o distribuir algo en partes. La segunda es la más ajustada a mis intereses. Dice que compartir es participar en algo. Recoger una sección de algo, o entregar una “parte” de algo. Tener las mismas opiniones o tener una sociedad con otra persona.
Es lógico que si estoy dispuesto a compartir mi corazón, lo digo como metáfora sobre participar de la vida de otra persona. De sus sentimientos y de cómo los desarrolla en sus cosas cotidianas. De su fortaleza, sí, porque la tiene y en gran medida. De sus objetivos, que son consumación de su ética. De sus angustias, que son precipitación de su moral. Si, quiero eso para mi vida y ella tiene todo eso. Ojalá los comparta conmigo.
Mientras, para no bucear sobre estos menesteres con obsesión, veo otros momentos de mi vida, que me importan muchísimo menos que las cosas que nos pasan cuando nos juntamos. Y al final me digo que: “laboralmente, estoy bien”.


