Yo,...

Mi foto
Los inventarios son los bienes que un ente dispone para su producción. Un oxímoron es una figura literaria donde dos conceptos contradictorios crean una idea distinta. "mis libros están llenos de vacíos" Augusto Monterroso "lo fugitivo permanece y dura" Francisco de Quevedo "es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente..." Francisco de Quevedo "El fusilado que vive" Operación Masacre, Rodolfo Walsh Pongamos a trabajar contradicciones

lunes, 12 de mayo de 2008

Narciso, Eco y el tiempo

I

Ahora los encuentro a los dos, tal cual me recuerdo. Vengo de caminar unas cuadras, para recordar las calles, veredas, esquinas. Me dio por la nostalgia. Caí exactamente donde vivía antes, en una calle céntrica de la ciudad de Montevideo. Sus árboles castigados por el otoño y el clima casi templado de las noches, son dos características de este lugar. Nunca cambian, todos los años son iguales. Si bien no encontré muchas diferencias, el recuerdo vivo de esta plaza me azora. Esta nueva posibilidad me abre interrogantes, por mi madre, mi padre, mi hermana. La vida nos fue modificando y es todo tan distinto ahora. Ayer, digo. Pero no volví por eso.
Hoy en día (ayer, en realidad), la vida se me presenta con los problemas típicos de un hombre casado, con hijos, con su trabajo y sus actividades. Me recuerdo las épocas en las que era músico. ¡Qué tiempos aquellos! Era tan joven y tenia tanto para ofrecer. Es lo que pasa por vivir, uno toma opciones que abren caminos, pero cierran otros y a veces, nos preguntamos qué hubiera pasado si nuestras decisiones hubieran sido otras.
Por eso estoy. Caminé desde mi vieja casa hacia la plaza, la misma donde me encontraba con Beatriz.
Me siento como un joven, otra vez. Extrañaba eso. Aunque yo no me puedo quejar por mi vida actual, tengo un buen pasar, buenos hijos. Uno adolescente. Es igual a mí. Es terco, pero introvertido; tiene una capacidad muy aguda para entender a las personas, pero se desconcentra muy fácil. Es cariñoso, más piadoso que yo. Un buen muchacho. Quiere trabajar en algo relacionado con las nuevas tecnologías, cosas que desconozco. Bueno, cada generación quiere algo distinto para sí. Y está bien, por eso yo lo apoyo como puedo. Espero encontrarme con él en el próximo futuro.
Pero el problema es que siempre tuve una duda. Quiero saber cómo sería mi vida con Beatriz. No es que no quiera a Soledad, mi actual mujer. La quiero por la vida que me dió, pero no es esto lo que deseo. Quiero un proyecto, algo tan importante para dos personas, que podamos usarla como un objetivo común. Una meta que sea capaz de modificarnos, para bien, con las dificultades, los compromisos y los nuevos pasos que nos impulsen hacia los siguientes. Hace años que no tengo eso con Soledad y siempre creí que con Beatriz era posible. Y por ese motivo, elegí este lugar.

II

Mi profesión de periodista me permite el encuentro con diferentes personalidades. Entre ellas, tuve la oportunidad de entrevistar a Felipe VI de España, a Cristophe Maupassant, el primer presidente popular de la Comunidad Europea, a Francisco Casal, un ex empresario del fútbol que está en la cárcel y del que todo el mundo se olvidó, a María Julia Muñoz, la primera presidente mujer de mi país. Realmente, en materia laboral estoy muy bien.
En una oportunidad, fui a los Estados Unidos, cuando todavía era una potencia económica. Como tal, dotaba a la investigación científica de muchos recursos. En la prestigiosa universidad de Michigan, hablé con Less Carpenter, un científico con ideas raras. Pronosticó que los viajes en el tiempo serían cosa cotidiana y que por eso, habría que comenzar a debatir las consecuencias éticas de la modificación del tiempo. Un loco, decían todos.
Pero sus credenciales no decían lo mismo. Por eso, fui a hablar con él. Me preguntó si quería participar en un experimento, como observador. Me senté en un sillón de cuero negro, muy fino, dentro de un cuarto oscuro. Me dijo que pensara en algún momento en el cual creyera que mi vida podría tomar un vuelco absoluto.

III

Y acá estoy. Sentado en la plaza donde siempre nos encontrábamos con Beatriz.
Veo aquel banco de madera. La noche amenaza con lluvia, tal como la recuerdo. Ahí está Beatriz, con su pelo castaño, crespo. Tenía la cara redonda, los ojos grandes color miel y esa actitud tan propia. Era de estatura baja, delgada pero con buen cuerpo. Mejor dicho, un cuerpo increíble. Me gustaba mucho.
Pero tenía un problema. En esa época, tuvo un desamor. Y yo quise acompañarla en su proceso. Tardó meses en recuperarse, mientras yo me comunicaba casi de manera diaria con ella. Me lo agradeció de buen grado, sé que le interesaban las cosas que a mí me pasaban con ella.
También estaba yo, sentado con Beatriz. Era un flaco desgarbado, usaba barba y bigote para que no me confundieran la edad. Siempre me daban tres o cuatro años menos. Usaba pantalones jeans y una camperita de abrigo, siempre. Se puede decir que era como mi uniforme. Era terco y tenía buena conversación, por eso siempre hablaba como si la razón estuviera de mi lado. Ya perdí el interés por usar a la razón como mi escudo y mi excusa, la experiencia me dice otras cosas cada vez que consulto con mi almohada y me detengo a pensar plenamente mis actos.
En esa época, la gente usaba unos cristales que se colocaban frente a los ojos. No fue hace tanto que los lentes estaban de moda. Por favor, no me hagan sentir más viejo de lo que soy. Es tecnología superada, sí, pero era lo que había por aquellos años. Me veo tan ridículo. Pero era feliz hablando con ella.
¿Qué nos pasó? Fui un tacaño al criticar las cosas que hacía. Fui egoísta por no comprender que las mujeres enamoradas necesitan tiempo y espacio para cerrar sus heridas. Me comporté como un imbécil por exigirle cariño, más allá del que ella estaba en condiciones de darme a mí o a cualquier otro hombre. Más allá del que ella me había prometido, que en definitiva, nunca me prometió nada. Así que luego de un tiempo, me fui de su vida. Eso es lo que recuerdo hoy. Ayer, mejor dicho.
Necesito conversar con ese joven. Hablarme. Decirme cosas de mi futuro, lo bueno y lo malo. Que hable con Beatriz, que sea más inteligente de lo que fui. Estoy ansioso por comunicarme con ese muchacho, con aquel joven. Le voy a enviar un mensaje de texto para dialogar con él.
Se ríen. Que bueno. Me acuerdo que lo pasábamos bien. Me río con ellos. La noche y la distancia funcionan como manto que me oculta. ¿Qué le digo?
Listo, le envié el mensaje. Me responde: “si, estoy con Bea, ¿quién sos?”. Le envío otro. Me llega su mensaje: “si, papá está bien, ¿pero vos quién sos?”. Mi padre, vivo. Cómo quisiera abrazarlo. Me detuve a mirarlos. Me veo colocando mi brazo sobre sus hombros. Si, le voy a hacer un masaje. Baja la cabeza y se entrega. Hermosa vista. Juventud, divino tesoro.
Veo como mis manos (sus manos) caen y la abrazan desde la cintura. Luego, la besa en el cuello. Que raro que es envidiarse a uno mismo. Hay caricias. Sin besos, pero el cariño se nota. Se acurrucan callados y se quedan en silencio. Tengo que decirle que ella es la mujer que siempre quiso. De la cual siempre hubo un recuerdo, un deseo, una expectativa y mucha ansiedad por conocer sus cosas hasta el final. Como con ninguna otra. Si, se lo tengo que confirmar. De alguna manera, debo hacerlo.
- Buenas noches, señor.
- Buenas noches. Saludo con miedo. Me encuentra un hombre mayor, calvo, vestido de sobretodo negro y boina. Lleva un termo y un mate, del cual intenta convidarme.
- Le invito un amargo. Tome.
- No, gracias.
- Vamos, dentro de muy poco va a caer el frío y va a necesitar algo caliente en el cuerpo.
- No, en serio. Gracias.
- Muy bien, usted se lo pierde. Siempre fui un buen cebador de mates. Está rico. Soy retirado de los servicios públicos y siempre me encargué de hacer el mate en cada oficina donde estuve.
- Ah. Lo felicito.
- Jaja. No se lo tome a mal. No lo quise importunar. ¿De qué trabaja?
- Soy periodista.
- Muy bien. ¿Y sale en la televisión?
- ¿Perdón?
- Si sale en la televisión.
- No creo que me pueda conocer.
- Lástima. Me pierdo una chance de conocer a un famoso, ¿no?
- No se pierde nada, señor.
- Ese de allá, ¿es su hijo?
- Jaja. No.
- Son iguales. ¿Por qué los espía, entonces?
- No los espío, disculpe.
- No se ofenda. Perdón. No quise importunarlo con mis comentarios.
Saco un cigarrillo y lo enciendo. Me pregunta: - ¿Usted conoce algo de mitología griega?
- Algo.
- ¿Conoce el mito de Narciso?
- Si, el semi dios que estaba enamorado de él mismo.
- Si, ¿y el de la diosa Eco?
- Si, ¿por?
- Eco fue castigada por Hera, la diosa máxima del Olimpo. Su condena fue repetir las últimas palabras de las cosas que escuchara. Se enamoró perdidamente de Narciso, aquel hermoso muchacho. Cuando se conocieron, Narciso preguntó a los vientos: “¿hay alguien aquí?”. Y Eco respondió: “aquí, aquí”. El joven exclamó: “no te puedo ver, ¡quiero verte!”. Ella le dijo: “¡quiero verte! ¡quiero verte!”. Él gritó: “¡Ven!” y Eco se presentó con los brazos abiertos. Pero Narciso la rechazó cruelmente. Le dijo: “prefiero morir antes que tener algo contigo”. “Algo contigo” le dijo la enamorada. Así que la pobre Eco se escondió en las montañas y se consumió, hasta que sólo quedó su voz, castigada a repetir lo que escuchara para siempre. Por eso, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que Narciso se conociera el rostro, al verse en las aguas de una fuente y quedara absolutamente apasionado por su imagen. Absorto por la visión de él mismo, se arrojó a las aguas. La única que lo acompañó hasta el final fue Eco. Antes de morir en el agua, Narciso comentó: “adiós, hermoso joven”. “adiós, hermoso joven”, dijo Eco. Las ninfas lloraron y la enamorada, repitió el llanto. Como no encontraron su cuerpo, las pequeñas diosas de las aguas le dejaron una flor, violeta por dentro y blanca por fuera. ¿Se acuerda de este mito?
- Ya lo conozco, pero, ¿por qué me dice esto?
- ¿Por qué volvió?
- ¿De dónde?
- De donde usted sabe. Yo soy más viejo que usted. Yo soy usted. No se condene a repetir sus errores con otra mujer, ni a castigar a esa pobre muchacha con sus tonterías. Tampoco sea cruel y arrogante, ¿Quién dijo que usted puede hacerla feliz? Volvió para reconciliarse con usted, no con ella.
Miro hacia el banco y ya no estaban ni Beatriz ni yo. Vuelvo la vista y el viejo, tampoco. Siento una fiebre intensa y mis manos acarician el cuero fino de una silla negra.