El Heredero

Galíndez estaba caliente con el heredero de su lugar, Facundo. Como secretario de redacción de El Jornal, el hijo del dueño y a la vez, su subordinado, era una amenaza constante en su cabeza. En alguna oportunidad supo que sus actividades eran minuciosamente inspeccionadas y que el encargado de esas maniobras era el heredero. Pero aún no tenían motivos contra él.
La jornada comienza en su despacho. Los periodistas vuelcan su información ante Galíndez y mediante el trabajo en equipo, se deciden las notas que van en la edición de mañana. En esa reunión, el heredero presentó dos fotocopias.
En su mano derecha ostentaba la lista de personas que ingresaron recientemente a una oficina pública. En la izquierda, tenía una hoja de votación de un partido político, con los nombres subrayados de las personas que coincidían con los últimos ingresos a la administración. La hoja estaba notoriamente subrayada. Los únicos que no entraron fueron los que ocuparon algún cargo en otro lado, apuntó Facundo.
La nueva información despertó risas y comentarios suspicaces entre los reunidos, salvo en Galíndez, quien preguntó si alguien más conocía esta información. “Si pregunta por mi padre, no sabe nada”. Luego de esto, la reunión se levantó, pero le pidió al heredero que se quedara en su despacho.
Galíndez saca su agenda y llama a uno de los contactos. Después de saludar a quien está del otro lado del teléfono, lo felicita por su nuevo empleo. “Pero te dieron una manito para entrar, ¿no? Vos sí que la mamaste, ¡eh!”. “Viste, éste es amigo mío y está en la lista”, le dice al cortar. Facundo le recuerda que su amigo y cuarenta amigos más entraron a un organismo público gracias a un padrino y que eso es de interés público. “Esto no va a salir, guardate tus papelitos y sacá el culo de mi oficina”, contesta Galíndez.
El heredero tomó sus cosas y se fue a su escritorio. Consternado, no esperó mucho tiempo para dirigirse al despacho de su padre. Tomó las escaleras y se metió a la oficina paterna sin presentarse. “Galíndez es un cagador”, le dice, mientras saca de su bolsillo su grabador. Después de escuchar la reciente conversación, su padre le contesta “ya me dijo Galíndez cuál es el problema. El político que metió a toda esa gente es el abogado del diario. Esto no sale, ¿ok?”.
Facundo se retira hasta su escritorio. Galíndez llama a su interno y le contesta “te agarré de los huevos, gil”. Después de festejar esa victoria, el secretario de redacción llama a un amigo. “Cómo andás, Danilo; si, acá está todo podrido pero la vamos llevando; te llamaba porque voy a mandarte algo para vos, un caso de corrupción; no, nada importante, pero sirve para vender diarios; jaja, ¿y a quién le importa la ética en estos tiempos?, esto es un negocio; dale, ya te lo mando”.
Al otro día, Facundo encuentra su escritorio limpio. Sólo estaba el diario de la competencia y el teléfono, que comienza a sonar. “Facundo, soy tu padre. Te pasaste de traidor y todo por una calentura. Lo que estabas investigando apareció en El Heraldo. No pensé que mi propio hijo me podía joder así.” Facundo cortó la llamada y miró la tapa del diario. El titular decía “Corrupción”. Salió corriendo al despacho de su padre.
Galíndez observó todo detrás de la persiana de su oficina. Entre risas, se sienta y llama a su amigo. “Danilo, te paso el teléfono del pendejo que te hablé. Si, tiene pasta y se va a quedar sin trabajo. Te va a caer bien, es parecido a vos. Y cuando te enteres quién es, ¡te va a caer mejor, jaja! ¡Vas a vender millones, jaja!”.



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