
Escribir x escribir. Lo que quise escuchar y lo que no dije.
Ayer cené con quien hasta hace unos meses era mi cuñada. Siempre me sorprendió su hospitalidad, una cualidad que no se encuentra a menudo en nuestros días. Menos en el grado que ostenta ella. Como siempre, la oferta de cosas que tiene para brindar es muy superior a la demanda: con un par de mates me conformaba, pero sus prácticas culinarias la llevan a sostener frente a sus invitados un menú difícil de esquivar. Bizcochuelos, galletitas, fiambres, panes de todo tipo, son parte de la ineludible propuesta que tiene bajo sus brazos. Son parte de un grupo de gestos que la distinguen. Y que, a menudo, distraen la atención de las charlas. Uno no puede explicarle las teorías de inmortalidad del cangrejo sin que interrumpa con un “¿querés un pedacito de torta?”. Pero así es ella.
Al entablar un diálogo con otra persona, es común y necesario explayarse sobre las cosas que se comparten. La vida es un proyecto enorme y como tal, no podemos encararlo solos. Por eso utilizamos parte de nuestro tiempo en invertirlo hacia los demás, con la firme intención de mejorar parte de lo proyectado. Dentro de la amistad, esta idea funciona de la siguiente manera: la agenda cotidiana, con objetivos definidos (tales como ganarse el pan o sostener una relación de pareja o juntar voluntades en pos de un objetivo), son tareas centrales para cualquier persona; los grupos de amigos, en especial los que están alejados de estas peripecias, trabajan para descomprimir los sentidos; son un pequeño descanso para encarar los proyectos con la misma vitalidad de siempre. Como las vacaciones.
De esta forma, los amigos son cómplices de nuestros destinos. Los deseados y los que nos achaca nuestra suerte. Y un verdadero amigo no desea otra cosa que no sea alcanzar nuestros proyectos. De ahí radica el interés por nuestras conversaciones, aún las charlas donde claramente los destinos de ambos tienen muy poco que ver. Un contador y un artista buscan cosas muy distintas con un criterio a veces contradictorio. Sin embargo, esta no es una excusa para una amistad fecunda. Los tiempos del contador y del artista son bien invertidos, pues la buena voluntad ajena descansa el alma. El artista sentimental sabe que en el frío contador obtendrá buena disposición, una voz cálida y, porqué no, un destino compartido. Él alcanzó su meta y yo fui un testigo privilegiado que conoció cada paso de su transformación en busca de sus logros, un hecho que también lo hace mi logro. Eso es un amigo.
Hay un caso particular de amistad. Las relaciones entre personas cuyo único contacto es un tercero. Por lo general, las personas con las mismas aspiraciones suelen encontrarse. Es fácil la amistad entre ellos. En ocasiones, la amistad frente a otra persona y el deseo de buena fortuna para ella, cruza el destino de otras personas, que forman parte de su círculo. Un caso particular es la familia de nuestra pareja.
Si yo pretendo lo mejor para mi pareja, ¡qué decir de sus familiares! Son personas que, además, realizan un esfuerzo doble. Uno puede elegir las amistades particulares, pero las de la familia no. Y las parejas, mucho menos. Eso es una lotería que no podemos ni tenemos el derecho de manejar. Que surja el acercamiento sincero entre los familiares y el novio de la nena, es un premio que no se debe soslayar.
Éste es el caso.
Las parejas y los familiares comparten el destino de la mujer amada (o el hombre, según sea el caso). Así que en algún momento de la charla con ella, surgiría la vida y actividad de quien nos desvelara. Siento que cuando ese momento llegó, charlando con mi ex cuñada, fue importante para el desarrollo de la relación dentro de la visita. Luego de eso, todo fue más fluido y cercano. No viene al caso comentar en qué está hoy mi ex pareja. No tiene sentido y no me afecta como lo hubiera hecho en otros tiempos. Ya no pertenezco a su vida y ya no quiero que eso entre dentro de mis preocupaciones actuales.
Pero sí tengo algo que decir con respecto a mi pasado. Las personas que me conocen, saben que en un momento de mi vida quemé las naves por ella. Les paso a explicar brevemente qué significa esa expresión. Cristóbal Colón, en uno de sus cinco viajes a nuestro continente, tenía la necesidad urgente de contar con madera firme, que no encontraba en los desconocidos bosques tropicales. Así que las pobres “Pinta”, “Niña” y “Santa María” se transformaron en fuertes militares para el resguardo de las tropas, todas ellas salidas de las prisiones españolas, junto con un puñado de militares. Una vez rotas las naves, no había vuelta atrás, España estaba definitivamente perdida. Con mi ex pareja, conocí el nuevo continente con la misma expectativa y excitación que Colón. En un momento de tormenta, apareció con su norte, firme e inamovible. La travesía hacia el mundo nuevo era inevitable y decidí desplegar las velas. Alcancé tierra firme y una vez instalado, quemar las naves se volvió necesario. No me arrepiento de quemar las naves, me arrepiento del viaje.
Un par de cascotazos que recibí revelaron toda la dedicación de mi ex pareja hacia mi persona. Con un par de tajos en la frente, que alguien se anime a vendarlos es un premio que este trabajador común y corriente no se atreve a despreciar. Aún así, debo confesar que en primera instancia rehusé sus cuidados. Pero soy un tipo muy fácil de convencer y el “no” está perdido en mi vocabulario. La anterior amistad fecundó en tiempos intensos, en nuevas horas donde el norte no significaba otra cosa que un acercamiento de tal calidez que fue capaz de fundir el hierro con fuego escaldado. El fuego blanco de los herreros es peligroso, un mal movimiento y el frío revela los errores de una mala fundición. Eso nos pasó. Malos movimientos provocaron un fundido malo. Cuando todo enfrió, se quebró.
Una de las cosas que no ayudaron a mi percepción fue su cuidado hermetismo. No comprendo hasta hoy el cariño que le tiene a su silencio. Ella lo confundía con volar. Pero para volar se necesita espacio hacia el cielo, porque volar es ir más allá de las personas. Ella se cerraba y lo hacía a pesar de las personas. Cuando una de las mujeres que mejor nos lee deja de hacerlo, una costumbre que siempre me deslumbró, se prende la alarma. La vida muda es insoportable. La duda nos toca el hombro y uno se pregunta qué hizo y qué puede hacer para remediarlo.
Seguramente me mandé una cagada, pero lo desconozco. Unas palabras hubieran bastado para corregirme, pero no las encontré. Se supone que debo contar con la suficiente madurez para conocer mis errores, mis actos fallidos y cotidianos. Pero no es así, no soy así de bueno. Enmendar eso es parte de la vida y para eso nos juntamos, para ser mejores. Ese es justamente el triunfo de la libertad: entregarse para ser arcilla del otro porque mi razón y mi sentimiento dice que la otra persona no va a hacer otra cosa que mejorarme. Eso es lo que le achaco a ella y se que si no lo corrige sus relaciones terminarán de la misma manera: serán para quemar las naves al pedo.
No es novedad que me equivoco. Mi carácter no es fácil. Mi temperamento dócil se transformó en un cúmulo de aspiraciones que están hartas de guardar silencio. Me callé muchas cosas durante demasiada vida. Mis sucesivos avatares no responden por el que soy ahora, ya estoy cansado de callarme. Me di cuenta de esto hace poco y por ese motivo aún no manejo mi temperamento con mano diestra. De eso me hago cargo. No debí dormir fuera de nuestra cama, en el sillón, tantas noches. Los desplantes no sirven para mucho, no colaboran con el objetivo de ponerse siempre al lado de quienes queremos. Por eso pido perdón. Ojala no afecte a mucha gente, hasta que lo corrija.
Voy a revelar un secreto. Uno de los errores que están en mi columna del “debe” fue una garrafa estúpida. Si cocinar con hornalla eléctrica es caro para cualquier familia media, qué decir para una que recién comienza. Pero estaba tranquilo, porque el dinero que guardaba rendía lo suficiente como para comprar la compañía Riogás entera. El problema radicaba en que yo necesitaba conocer cuáles eran los gastos mensuales antes de adquirir una carga entera con su respectivo envase. ¿Por qué no realicé la compra antes, si es que podía?
Yo necesitaba un gesto que simbolizara el cambio de mi vida. Por eso, reservé ese dinero con la meta puesta en comprar un par de anillos. En silencio, esperaba que los últimos datos del mes revelaran un pasar lo suficientemente bueno como para realizar tamaña inversión. Mi vida se transformó y quería algo material que lo representara. Y quería que fuera una sorpresa, un hecho que reconciliara nuestro futuro. Hoy en día me pregunto en qué estaba pensando. Sacrifiqué la comunicación entre nosotros y una mejor planificación diaria por un gesto que yo necesitaba. Eso es egoísta. De esto también me disculpo. Pero por otro lado pienso: “si se calentó por una garrafa, entonces menos mal que no compré los anillos”. Tampoco le doy mucha atención a esta última reflexión, seguramente son parte de las defensas anímicas que levanté a partir de la ruptura. Como otras tantas.
Varias cosas me dejaron en la llaga. El acercamiento de ella con su marido no era sano. Un concurso de belleza surgido a partir de una charla entre ellos me hizo acreedor de la victoria. Sólo habían dos participantes, él y yo. Una cucarda que no garantizó nada: la última charla de pareja reveló que su amor estaba con él. Durante un año su discurso dio la vuelta sobre su pésima estima frente a su marido durante todo el tiempo de su matrimonio, pero me dejó por sus sentimientos por el mismo tipo que dejó cinco veces.
Y yo, con mi cucarda de lindo clavada en el esternón, que no me sirvió para nada. Me tuve que fumar callado una publicación en su blog refiriendo a su estado de ánimo. El texto decía que ella no sentía la necesidad de enamorarse. Una semana antes, nosotros dos desnudos conversando en la cama, descubrimos que no podíamos continuar porque su afecto estaba con su marido. Unas semanas después, ella le pide retomar la pareja. Y yo, con mi cucarda clavada en la mano, en mi nueva casa, solo.
Siempre dije que no podía costear el nuevo apartamento. Mentira, no quería estar solo. Me angustiaba. Volví al techo paterno. Una mañana recibo un mensaje de texto informándome que ella comenzó una terapia para superar su ruptura (con su marido, por supuesto, no conmigo). Este idiota que escribe tiró las líneas para conocer su estado de ánimo conmigo. ¿Para qué me informa su disposición a superar su ruptura con él? Pensé que quería acercarse a mí. Dura fue la sorpresa cuando me encontré con la acusación de que al final, era yo quien se obsesionaba con ella. Ahora el loco era yo. Y ya la cucarda me pinchaba el culo.
Termino este escrito contando cómo terminó la relación. Sepan disculparme mis olvidos. Juro que no recuerdo los términos del diálogo. El día anterior mi ensayo con mi banda se suspendió y volví a mi casa. Ella estaba con su marido, pasando la tarde con su hija en la casa de él. Yo me sentía desplazado de su atención cada vez que aparecía su marido, así que fui hasta la casa del tipo este. Nuevamente, apareció en ella su necesidad por molestarlo, esta vez en forma de discusión sobre el significado de una palabra. No paró hasta encontrar la frase en el diccionario. Magnificó una cosa sin importancia sólo para sacarlo de sus casillas. Eso se estaba convirtiendo en un escollo para mí, pero lo tenía que incorporar, sino mi vida con ella no iba a ser completa. No conocía su tan alta estima por él, pero sabía que lo quería mucho y debía adaptarme a las circunstancias. Mal, pero me la fumé.
Esa noche ensayamos con nuestro proyecto musical. La vuelta a casa fue muy fría. El resto de la madrugada también. Hacía un mes que vivíamos juntos y no era tiempo para dormir cada uno en una punta de la cama, lejos del otro. Eran tiempos de abrazos. Por eso le pregunté los motivos por los cuales se comportó tan fría esa noche. Juro que de ahí en más no recuerdo el resto del diálogo. Pero si me queda patente el momento en que la miro y digo:”pero, entonces, nosotros no podemos estar juntos”. Ella dijo no con la cabeza. Me consta que hizo una mueca de dolor mientras giraba la cabeza de un lado a otro. Pasó algo muy raro. En ese instante comprendí que nada se podía hacer, que todo estaba completamente perdido y no había vuelta atrás posible. Por eso, empecé a llorar y no había consuelo que me calmara. El reloj avanzaba y no podía contener los gritos del llanto. Ella me abrazó, lloré en su pecho durante mucho rato. Yo sabía que comprendía muy bien el momento que estaba pasando e hizo todo lo posible para sanar mi angustia. Lo hizo con fruta conocida: que soy un buen tipo, que no se arrepintió por conocerme, que nadie tiene la culpa, etc. Su nena durmió con nosotros esa vez, en su dormitorio. Entonces, para no despertarla, yo me apretaba sobre el regazo de mi novel ex pareja para enmudecer los gritos. Toda su mejilla estaba apoyada en mi frente, mientras una mano se enredaba en mi pelo y la otra me abrazaba como si estuviera a punto de caer. Era mi costumbre dormir sobre sus tetas, pero llorar no. Unos días antes, cuando faltaba la luz, yo estaba en el mismo lugar, escuchando cómo cantaba. Esa mañana, con la luz del sol en la ventana, la estaba escuchando por última vez.
El mundo se me vino abajo y ya estaba bastante en el piso cuando la conocí. Responder qué hice y qué deje de hacer ya no tiene valor, como este texto, pero por lo menos es más sincero que echarle la culpa a ella así, sin más. Ahora a buscar otros horizontes. Dicen que uno siempre busca los mismos ojos en otras mujeres. Este no va a ser el caso, para mí, esa frase está equivocadal.
Pd: mi ex pareja siempre me comentó su necesidad por protegerme. Raro que me dejara por mi inmadurez. Raro que esa necesidad desapareció cuando más lo necesitaba. Raro que apareciera después de la ruptura.
Pd para Tabará: no sientas esto como un alegato por mi defensa, acá hay cosas que jamás comenté. Sólo precisaba vaciarlas y el insomnio de las cuatro de la mañana no es buen consejero para exorcizar cosas. Gracias por el tiempo. Extrañaba a tu nena.